
La soledad en que os hallabais y los objetos que habéis visto hace poco, graves y profundas reflexiones debe haberos sugerido. Allí la imagen de la muerte os recordó que en ella se desvanecen las ambiciones y el orgullo humano.
Nada vale la riqueza ni la efímera gloria ante el juicio severo de Aquél que sólo premia la virtud y castiga el crimen.
El reloj de arena, las inscripciones, todo el cuadro de símbolos de la vida y de la muerte, bien claro os ha indicado que al recibiros entre nosotros, aspiramos a que hagáis de vos mismo un hombre nuevo.
Que aprendáis a dominar vuestros ímpetus naturales. A que muérais para todo vicio y renazcáis para la virtud.
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